Lo primero que pensé cuando leí y relacioné las noticias sobre la Comunidad (o secta, como algunos medios se empeñan en nombrar) de Pirque con lo planteado por Foucault, fue que existía una comunidad que, como muchas otras, habían optado por una vida fuera del sistema y de sus leyes, gente que pensaba diferente y que quería ser coherente con sus ideas y vivir según ellas. Así crearon una forma de vida autosustentable y alejada del sistema y sus normas. Cuando se “descubrió” y difundió el entierro del cuerpo de la profesora de danza en los predios de la comunidad, las autoridades se espantaron, diciendo que éste era un acto ilegal, y de pasadita comenzaron a criticar las otras cosas que según ellos se salían de la norma: dijeron que atentaba contra los derechos de los niños que fueran privados de la educación tradicional y que no podía ser que esta gente no asistiera a los centros de salud como el resto de los ciudadanos.
Claramente todo esto tiene mucho que ver con Foucault, quien estudió los modos en que el poder penetraba en las formas de vida del hombre. La gente de Pirque reaccionó y rechazó precisamente el conjunto de reglamentos escolares, hospitalarios (y militares) que tienen, según Foucault, como objetivo principal controlar y corregir la vida de los hombres (“las operaciones del cuerpo”, según sus propias palabras). Estos cuerpos entonces, o vidas, que se han rebelado –aparentemente al menos- a estos dispositivos o ejercicios de poder, de esta forma dejan de ser vidas moldeables, dóciles y por lo tanto útiles para el sistema o poder que rige nuestra sociedad. Se han salido así de la lógica competitiva económica, laboral, educacional, consumista, etc. Es por esto que las autoridades actuaron rápidamente, supuestamente para proteger los “derechos” de esas personas…ya lo decía Foucault: a las disciplinas de poder no les gustan las aglomeraciones, “las pluralidades confusas, masivas, huidizas. Se trata de establecer las presencias y las ausencias, de saber dónde y cómo encontrar a los individuos, instaurar las comunicaciones útiles, interrumpir las que no lo son”. La comunidad rompía con el espacio inserto en el sistema, analítico, subdividido, vigilado y sobre todo útil, que crean las disciplinas. Estas disciplinas, que pretenden el “buen encauzamiento de la conducta”, que quieren enderezar y encausar las “multitudes móviles, confusas, inútiles de cuerpos y de fuerzas”.
Cabe destacar que la comunidad expresó que a ellos les importaba realmente la muerte de Jocelyn, con quien habían establecido un importante vínculo afectivo. Las autoridades y los medios se preocuparon en cambio de la parte legal de esta muerte, y la transgresión de las normas a través del entierro fue lo que los escandalizó. (la pregunta sería: ¿Por qué importa esto de lo legal – ilegal, derechos transgredidos o no, más que la vida misma que supuestamente se estaría resguardando a través de ellos?)
Ahora, no tenemos la información necesaria para afirmarlo, pero sí podemos preguntarnos si es que esta comunidad está realmente exenta de disciplina, qué tanta libertad hay en la vida que llevan. Según la carta escrita por ellos que se publicó en los medios, sus integrantes sólo siguen y confían en las leyes de dios, pero no sabemos qué formas emplean para cumplir esas leyes. Hay quienes piensan que cualquier forma de agrupación, cualquier célula social, incluso la familia, está regida por relaciones de poder e instaura normas de vida según ellas.
Lo otro interesante de pensar (y quizá desarrollar en otra entrada, porque se saldría un poco del tema) es el rol de los medios de comunicación en todo esto, que podrían tomarse, siguiendo los conceptos de Foucault, como una especie de panóptico posmoderno (que no se presenta ya como un espacio arquitectónico sino como un espacio virtual) que no sólo vigila sino que deforma y difunde una forma de ver la realidad que se objetiva a través de su publicación en un medio más o menos respetado y creíble.
Roxana Casas



